descomposición

Descomposición

El debate nacionalista no es nuevo, pero desde el día de la Diada de Cataluña y la cercaní­a de las elecciones, lo han elevado a un cierto nivel de histeria. Como sucede a menudo en este país, el nivel del debate sobre la independencia gira entre si el Barcelona dejar de jugar en la liga española o si Cataluña tiene una “vocación europea” con “raí­ces muy profundas” porque fue la única región de la pení­nsula que perteneció al Imperio Carolingio en el S. IX (página 13 programa electoral CIU).

La Diada, por cierto, tiene su origen en la toma de Barcelona por las tropas de Felipe V en 1714. Como respuesta al apoyo del Archiduque Carlos en la Guerra de Sucesión, el rey victorioso promulgó en 1716 los Decretos de Nueva Planta que abolí­an las Constituciones Catalanas, los fueros y libertades de los municipios y también las Cortes de la Antigua Corona de Aragón entre otros. No fue una adaptación completa al modelo polí­tico-administrativo de Castilla, pero sí­ la mayor reforma que provocó que la unión de los reinos dejase de ser sólo territorial, unificando en muchos aspectos la gestión de ambos y poniendo lí­mites al funcionamiento prácticamente independiente que regí­a hasta entonces. Estos decretos obligaron también a que el catalán dejase de ser idioma oficial en la administración de los antiguos reinos de la Corona de Aragón. Es decir, dentro de cuatro años será el 300 aniversario de la unificación polí­tico-administrativa de España.

En cualquier caso, no pretendo entrar en el debate nacionalista o independentista, sino en el fenómeno de “descomposición” o crisis de los modelos polí­ticos, económicos y sociales que estamos viviendo. Tanto el planteamiento del nacionalismo catalán, como la reacción del gobierno, son planteamientos defensivos ante la descomposición del modelo estado-nación surgido, fundamentalmente, a partir del S. XIX.

Tras la II Guerra Mundial empezaron a aparecer las limitaciones de este modelo, creando cada vez más organizaciones internacionales (ONU, FMI, Banco Mundial, Tribunales Internacionales, IATA,…) que gestionasen los problemas y temas supranacionales. La caída del bloque soviético aceleró la crisis del modelo, teniendo cada vez menos capacidad soberana cada estado-nación traduciéndose en un debilitamiento en el funcionamiento de sus democracias al ser incapaces de adaptarse a los cambios.

En el caso concreto de España, el estado se está descomponiendo hacia arriba y hacia abajo. Hacia abajo, cediendo competencias a las comunidades autónomas y hacia arriba, cediéndoselas a la Unión Europea -completas en el caso de la agricultura, ganadería y pesca y pidiendo nuestro actual gobierno que también se cedan en materia económica-. En cualquier caso, estas nuevas estructuras son incapaces de responder a muchos de los problemas de la no sé si bien llamada globalización. Su funcionamiento responde más bien a una huida hacia delante, sin entrar en un debate profundo, de un modelo funcional que muestra ya sí­ntomas de obsolescencia.

El ámbito económico es uno de los que más rápido ha sufrido cambios y que acelera este proceso de descomposición. En los años noventa del pasado siglo empezó el proceso de “deslocalización” provocando un fenómeno cuya importancia no reside tanto en el flujo de capitales, ya sea justo o injusto, sino en la interconexión de éstos, estando cada vez más al margen del control de los estados-nación. El efecto de la deslocalización no ha tenido efectos negativos en la empleabilidad en términos globales, no locales, debido al bajo coste de la misma tanto por el nivel de vida de los paí­ses que han asumido la producción, como por unas condiciones laborales discutibles. Pero la inminente robotización de todos los ámbitos de los procesos productivos va a producir la expulsión de grandes masas de trabajadores, sobre todo de baja cualificación, de las empresas. Esto podría llevar a una ruptura de los equilibrios sociales.

Muchos modelos empresariales llevan ya tiempo en crisis sin ser capaces de dar una respuesta adecuada a estos cambios. Creo que no hace falta hablar de la crisis de la prensa, de la industria del disco, libros y de otros modelos de creación de contenidos que igualmente son incapaces de adaptarse a los cambios tomando posiciones defensivas: cambios legislativos a medida, restricciones comerciales, etc.

Aunque aún está en pañales, el fabbing anuncia la descentralización de los modelos productivos y la ruptura de sus estructucturas y equilibrios de poder empresarial y comercial. Los movimientos en este sentido no se han hecho esperar, tanto por quienes ven el camino del cambio, como por los que intentan mantener el control de las estructuras económicas actuales. El dí­a en que podamos crear copias de cualquier objeto tridimensional que nos guste no está muy lejos. Ni para escanear/modelar objetos, ni para imprimirlos o fabricarlos.

La suma de todos estos cambios está aceleración acelerando la descomposición del modelo de estado-nación, provocando la anemia y progresiva desaparición de sus estructuras. Lo peor de todo, es que la polí­tica, igualmente en una crisis no sé si de identidad o de aferrarse al modelo de poder creado, es incapaz de ofrecer alternativas tomando medidas igualmente defensivas e incluso represoras. Se están eliminando todos los sistemas socio-económicos que protegían a los ciudadanos sin ofrecerles alternativas. Este papel defensivo camina hacia lo que Lic Wacquant  define como “redefinición de la misión estatal”: el estado se retira de la arena económica, afirmando la necesidad de reducir su papel social a favor de la ampliación y el fortalecimiento de su intervención penal. Creo que no hace falta hablar de las sucesivos endurecimientos de nuestro código penal -tan rápidos y sucesivos que desde los años noventa ninguna reforma a tenido oportunidad de desarrollarse completamente en el tiempo valorando su efectividad- o el cada vez mayor recorte de libertades civiles que vivimos en nuestro país.

Estamos viviendo unos cambios profundos, la descomposición simultánea de los modelos identitatarios, económicos, políticos, productivos y sociales que hemos desarrollado en los últimos doscientos años. Desde luego no sé qué vendrá y no creo que haya que tenerle miedo, pero en este proceso la ciudadanÃía ha de tener un papel activo.  Se avecinan tensiones sociales y posiblemente conflictos bastantes duros si no conseguimos reconducir las posiciones reaccionarias con la aparición de estados fallidos y el resurgimiento de los autoritarismos.

Por eso toda la discusión nacionalista con el enfoque que se le está dando, incluido el españolismo, me parece baldÃía. No ofrecen un modelo de futuro, sino de pasado.

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